Yo que en esos entonces era un gato, viajaba de noche por las cornisas para asegurarme que soñara, para impedir que alguna luna, de algún otro poeta loco la acechara.
Y entonces así, como un gato, dormí escondido en su regazo, mirándola despierta y entre sueños, hasta que un día sin aviso premonitorio (como los que dejan las tormentas de nieve, las muertes de parientes lejanos, o los objetos de valor antes de extraviarse) mi corazón latió por ella (para ella).
Y yo que había sido el mas feliz de los gatos, yo que por las noches la guardaba de los males que los locos avientan desde las estrellas, y que por los días le ronroneaba todas las canciones de amor que conocía, me convertí en golondrina y me alejé volando; para nunca más tenerla, para nunca jamás perderla.





